Las intrigas y devenires de siete generaciones de la familia Buendía son protagonistas de la obra de Gabriel García Márquez que da nombre a este artículo.
Los primeros capítulos de la novela narran la creación del pueblo de Macondo por parte de un grupo de familias emigrantes, y mientras vamos avanzando en la lectura Macondo crece, prospera y finalmente desaparece. Un ciclo natural. Todo en este mundo nace, evoluciona y muere.
Aun así, y aunque sea una verdad universal, hay cosas que no deberían morir.
El movimiento 15 M es una de ellas. ¿Por qué otra vez el mismo tema? Porque preferimos darle bombo a esto, que lo merece y necesita, que a la sucesión de fulanito por menganito.
Como la familia Buendía, la sociedad de este país parecía condenada a una soledad reflejada, entre otras cosas, en la falta de representación en las decisiones de los gobiernos o en los privilegios de políticos y cargos públicos.
Más allá de los logros que esta revolución pacífica alcance en el futuro, ya ha alcanzado algunos que no quedarán en agua de borrajas. Uno de ellos es la reivindicación de la calle. Las críticas de los opositores al movimiento radican –muchas de ellas- en la “ocupación del espacio público”. Estos opositores alegan respetar las reivindicaciones pero rechazan la “invasión” de las plazas para realizarlas.
Pero ¿hasta qué punto es posible “ocupar” un espacio público? Aristóteles lo reconocía como un espacio vital y humanizante, donde la sociedad se reúne para compartir sus opiniones, evaluar propuestas y elegir la mejor decisión. El espacio español está siendo ahora más público que nunca, no mediante su ocupación, sino mediante su utilización para dar salida a unas aspiraciones que de otra forma no la tenían.
Ahora sí, la calle ha servido como plataforma democrática. Ha acogido las protestas y además les ha dado eco. No se me ocurre un lugar mejor para comenzar el movimiento. Desde la política se está intentando trasladar el problema hacia las acampadas, pero no olvidemos que éstas no son sino la consecuencia de muchos otros problemas que nos han traído hasta aquí. No convirtamos a la víctima en verdugo.
Y ahora ha llegado el momento de avanzar. Tras los primeros capítulos, tras la fundación de su Macondo particular, al espíritu del 15 M le aguarda el núcleo de su historia, una evolución que transforme el grito inicial en un camino con dirección. Que esto no se quede en una anécdota. Que no nos acostumbremos y terminemos viendo las protestas como quien oye llover. Que el movimiento no se contamine. Estos son ahora los objetivos que deben empujarnos.
Por el momento, y no es poco, podemos presumir de haber despertado, de habernos unido como pocas veces lo hemos hecho y de habernos desligado de la fila de países con sociedades apáticas ante los abusos de sus dirigentes y la manipulación informativa.
Los 19 detenidos tras las primeras manifestaciones fueron acusados de “alteración del orden público”. También podemos presumir de ello, porque si la realidad política y social que se vive en España es ordenada, preferimos alterarla.
Estamos en plena evolución, en el punto de giro en el que las cosas pueden avanzar o morir definitivamente.
“Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”. Así termina la novela de García Márquez. Luchemos por cambiar nuestro final.
Mostrando entradas con la etiqueta 15-M. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 15-M. Mostrar todas las entradas
viernes, 10 de junio de 2011
domingo, 22 de mayo de 2011
Sin castigo para la corrupción.
Creo firmemente que el movimiento originado el 15-M, al contrario que lo manifestado desde numerosos medios, no tenía por objeto “manipular” y/o “condicionar” el resultado de las elecciones de este domingo. Cuestión distinta es que la semana previa a las votaciones resulte un escaparate de mayor difusión que cualquier otra semana del año.
Aun así, también creo innegable cierta relación entre ambos eventos, habida cuenta de una de las proclamas clave de las movilizaciones: el NO a la corrupción. Es a este respecto que considero se puede hablar de fracaso por parte de quienes han abanderado la lucha por una “Ley de Responsabilidad Política”. Y es que es tarea de titanes concienciar, en apenas una semana, a un país que cuenta en su haber con una economía sumergida cercana al 20% del PIB, o un nivel de fraude fiscal superior a la media europea.
De ahí que no parezca tan raro que el castigo, en número de votos, a la corrupción apenas sea perceptible, lo cual deja una premisa clara y contundente : un gran porcentaje de la población española considera que acciones tales como el “cohecho”, “malversación de fondos” o el “tráfico de influencias” –por citar algunos ejemplos de delitos que se imputan a no pocos de nuestros representantes políticos- son males menores en comparación a verse en la tesitura de dar a su voto algún otro destino distinto.
En definitiva, queda un arduo camino para quienes desean un modelo de democracia más responsable, para quienes las elecciones no han de ser únicamente cosa de dos, para quienes está en juego algo más que una victoria electoral; para quienes saben que detrás de millones de papeletas está en juego la gestión de los recursos de todos.
Queda mucho por hacer.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)