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viernes, 18 de noviembre de 2011

¿Esperando una salvación?

Estamos a dos días de las elecciones generales. Días en los que los votantes españoles deberían reflexionar… aunque me temo que nadie va a reflexionar sobre nada. El resultado está cantado, no hay cabida para las sorpresas de última hora.

El gobierno de Zapatero se ha convertido en una especie de bestia negra a la que nadie quiere ni mencionar. Cada frustración, cada reprimenda que los españoles afectados por la crisis lanzan tiene un claro objetivo: Zapatero. La crisis económica le ha derrotado. Es visto como uno de los peores presidentes que ha tenido España desde que se instauró la democracia, y es difícil encontrar a alguien que le apoye incluso en las filas del PSOE.

La caída de los sueldos, el aumento de la tasa de desempleo… todo parece ser consecuencia de las políticas ineficientes del todavía presidente. Puede que no haya tomado las mejores medidas para luchar contra el panorama, pero también ha tenido que enfrentarse a un periodo de incertidumbre y obstáculos extremos.

De todas formas, su popularidad ha caído en picado y ni los españoles ni las instituciones confían en él. Por tanto, un cambio drástico debería ser la mejor solución… ¿no? Si los votantes ya no confían en Zapatero… deberían votar a Rajoy… ¿no?

Esto es, de hecho, lo que va a suceder. El bipartidismo existente en España nos está haciendo menos capaces de considerar otras opciones en lugar de escoger la más fácil. ¿Qué pasa si no nos gusta el gobierno actual? Votamos al partido contrario. Eso es todo. Como si no tuviéramos más opciones. Sólo asumimos que esa es la manera de hacer que los problemas desaparezcan. No podemos hacerles frente de otra forma.

Esa es la democracia española.

Según este pensamiento, Rajoy (el más que probable próximo presidente) acabará con la crisis económica en España. Acabará con los despidos. Acabará con la deuda. Acabará con todos nuestros problemas. De la noche a la mañana.

Porque así es como se supone que funciona la democracia…¿no?

viernes, 10 de junio de 2011

Cien años de soledad

Las intrigas y devenires de siete generaciones de la familia Buendía son protagonistas de la obra de Gabriel García Márquez que da nombre a este artículo.

Los primeros capítulos de la novela narran la creación del pueblo de Macondo por parte de un grupo de familias emigrantes, y mientras vamos avanzando en la lectura Macondo crece, prospera y finalmente desaparece. Un ciclo natural. Todo en este mundo nace, evoluciona y muere.

Aun así, y aunque sea una verdad universal, hay cosas que no deberían morir.
El movimiento 15 M es una de ellas. ¿Por qué otra vez el mismo tema? Porque preferimos darle bombo a esto, que lo merece y necesita, que a la sucesión de fulanito por menganito.

Como la familia Buendía, la sociedad de este país parecía condenada a una soledad reflejada, entre otras cosas, en la falta de representación en las decisiones de los gobiernos o en los privilegios de políticos y cargos públicos.

Más allá de los logros que esta revolución pacífica alcance en el futuro, ya ha alcanzado algunos que no quedarán en agua de borrajas. Uno de ellos es la reivindicación de la calle. Las críticas de los opositores al movimiento radican –muchas de ellas- en la “ocupación del espacio público”. Estos opositores alegan respetar las reivindicaciones pero rechazan la “invasión” de las plazas para realizarlas.

Pero ¿hasta qué punto es posible “ocupar” un espacio público? Aristóteles lo reconocía como un espacio vital y humanizante, donde la sociedad se reúne para compartir sus opiniones, evaluar propuestas y elegir la mejor decisión. El espacio español está siendo ahora más público que nunca, no mediante su ocupación, sino mediante su utilización para dar salida a unas aspiraciones que de otra forma no la tenían.

Ahora sí, la calle ha servido como plataforma democrática. Ha acogido las protestas y además les ha dado eco. No se me ocurre un lugar mejor para comenzar el movimiento. Desde la política se está intentando trasladar el problema hacia las acampadas, pero no olvidemos que éstas no son sino la consecuencia de muchos otros problemas que nos han traído hasta aquí. No convirtamos a la víctima en verdugo.

Y ahora ha llegado el momento de avanzar. Tras los primeros capítulos, tras la fundación de su Macondo particular, al espíritu del 15 M le aguarda el núcleo de su historia, una evolución que transforme el grito inicial en un camino con dirección. Que esto no se quede en una anécdota. Que no nos acostumbremos y terminemos viendo las protestas como quien oye llover. Que el movimiento no se contamine. Estos son ahora los objetivos que deben empujarnos.

Por el momento, y no es poco, podemos presumir de haber despertado, de habernos unido como pocas veces lo hemos hecho y de habernos desligado de la fila de países con sociedades apáticas ante los abusos de sus dirigentes y la manipulación informativa.

Los 19 detenidos tras las primeras manifestaciones fueron acusados de “alteración del orden público”. También podemos presumir de ello, porque si la realidad política y social que se vive en España es ordenada, preferimos alterarla.
Estamos en plena evolución, en el punto de giro en el que las cosas pueden avanzar o morir definitivamente.

“Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”. Así termina la novela de García Márquez. Luchemos por cambiar nuestro final.