Cuando vives fuera de casa, todo son preguntas.
Tienes la sensación de que están pasando infinidad de cosas importantes y no estás ahí para verlas. Te preguntas cómo estará ese amigo que buscaba trabajo. Si las obras de tu calle habrán terminado. Si tu madre habrá cambiado la disposición de los muebles. Entonces vuelves a casa por vacaciones y te das cuenta, aliviado, de que todo sigue siendo como era cuando te fuiste.
Pero esta vez es diferente. Estoy lejos de casa en un momento de cambio en España. O de supuesto cambio. Ayer, los españoles decidieron dar el poder a Mariano Rajoy. Tras la caída en picado del PSOE y Zapatero, los votantes le han castigado con el peor resultado de la historia del partido y ahora confían en que el nuevo presidente logre un cambio radical en la situación económica y social.
Sin embargo, no tengo esa sensación. No tengo la sensación de que me esté perdiendo ningún acontecimiento crucial. De hecho, ni siquiera voté por correo desde Reino Unido. Debería haberlo hecho, porque creo que de esa forma expresas tu apoyo a una democracia participativa. Por otro lado, no quiero participar en un tipo de democracia basada en una ley electoral que favorece a los grandes partidos y, por tanto, al bipartidismo que llevamos arrastrando durante décadas.
No creo que nada haya cambiado en esencia desde anoche. Sí, un nuevo gobierno se avecina. Pero algo me dice que no sólo depende de eso que España supere las adversidades. Ahora debería desear estar en España y respirar el aroma de esperanza que el nuevo gobierno trae consigo.
Pero ni tengo esperanza ni creo que el nuevo gobierno traiga ninguna solución inmediata. Simplemente ahora será otro gabinete el que intentará no enfadar a los mercados y salvarnos del hundimiento por la mínima. Y después será otro. Y después otro. Por mucho que nos quieran hacer creer lo contrario, llevamos sin cambios desde 1975.
Apatía y desilusión. Eso es todo lo que las elecciones generales han significado para mí.
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lunes, 21 de noviembre de 2011
Triste pero cierto
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viernes, 10 de junio de 2011
Cien años de soledad
Las intrigas y devenires de siete generaciones de la familia Buendía son protagonistas de la obra de Gabriel García Márquez que da nombre a este artículo.
Los primeros capítulos de la novela narran la creación del pueblo de Macondo por parte de un grupo de familias emigrantes, y mientras vamos avanzando en la lectura Macondo crece, prospera y finalmente desaparece. Un ciclo natural. Todo en este mundo nace, evoluciona y muere.
Aun así, y aunque sea una verdad universal, hay cosas que no deberían morir.
El movimiento 15 M es una de ellas. ¿Por qué otra vez el mismo tema? Porque preferimos darle bombo a esto, que lo merece y necesita, que a la sucesión de fulanito por menganito.
Como la familia Buendía, la sociedad de este país parecía condenada a una soledad reflejada, entre otras cosas, en la falta de representación en las decisiones de los gobiernos o en los privilegios de políticos y cargos públicos.
Más allá de los logros que esta revolución pacífica alcance en el futuro, ya ha alcanzado algunos que no quedarán en agua de borrajas. Uno de ellos es la reivindicación de la calle. Las críticas de los opositores al movimiento radican –muchas de ellas- en la “ocupación del espacio público”. Estos opositores alegan respetar las reivindicaciones pero rechazan la “invasión” de las plazas para realizarlas.
Pero ¿hasta qué punto es posible “ocupar” un espacio público? Aristóteles lo reconocía como un espacio vital y humanizante, donde la sociedad se reúne para compartir sus opiniones, evaluar propuestas y elegir la mejor decisión. El espacio español está siendo ahora más público que nunca, no mediante su ocupación, sino mediante su utilización para dar salida a unas aspiraciones que de otra forma no la tenían.
Ahora sí, la calle ha servido como plataforma democrática. Ha acogido las protestas y además les ha dado eco. No se me ocurre un lugar mejor para comenzar el movimiento. Desde la política se está intentando trasladar el problema hacia las acampadas, pero no olvidemos que éstas no son sino la consecuencia de muchos otros problemas que nos han traído hasta aquí. No convirtamos a la víctima en verdugo.
Y ahora ha llegado el momento de avanzar. Tras los primeros capítulos, tras la fundación de su Macondo particular, al espíritu del 15 M le aguarda el núcleo de su historia, una evolución que transforme el grito inicial en un camino con dirección. Que esto no se quede en una anécdota. Que no nos acostumbremos y terminemos viendo las protestas como quien oye llover. Que el movimiento no se contamine. Estos son ahora los objetivos que deben empujarnos.
Por el momento, y no es poco, podemos presumir de haber despertado, de habernos unido como pocas veces lo hemos hecho y de habernos desligado de la fila de países con sociedades apáticas ante los abusos de sus dirigentes y la manipulación informativa.
Los 19 detenidos tras las primeras manifestaciones fueron acusados de “alteración del orden público”. También podemos presumir de ello, porque si la realidad política y social que se vive en España es ordenada, preferimos alterarla.
Estamos en plena evolución, en el punto de giro en el que las cosas pueden avanzar o morir definitivamente.
“Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”. Así termina la novela de García Márquez. Luchemos por cambiar nuestro final.
Los primeros capítulos de la novela narran la creación del pueblo de Macondo por parte de un grupo de familias emigrantes, y mientras vamos avanzando en la lectura Macondo crece, prospera y finalmente desaparece. Un ciclo natural. Todo en este mundo nace, evoluciona y muere.
Aun así, y aunque sea una verdad universal, hay cosas que no deberían morir.
El movimiento 15 M es una de ellas. ¿Por qué otra vez el mismo tema? Porque preferimos darle bombo a esto, que lo merece y necesita, que a la sucesión de fulanito por menganito.
Como la familia Buendía, la sociedad de este país parecía condenada a una soledad reflejada, entre otras cosas, en la falta de representación en las decisiones de los gobiernos o en los privilegios de políticos y cargos públicos.
Más allá de los logros que esta revolución pacífica alcance en el futuro, ya ha alcanzado algunos que no quedarán en agua de borrajas. Uno de ellos es la reivindicación de la calle. Las críticas de los opositores al movimiento radican –muchas de ellas- en la “ocupación del espacio público”. Estos opositores alegan respetar las reivindicaciones pero rechazan la “invasión” de las plazas para realizarlas.
Pero ¿hasta qué punto es posible “ocupar” un espacio público? Aristóteles lo reconocía como un espacio vital y humanizante, donde la sociedad se reúne para compartir sus opiniones, evaluar propuestas y elegir la mejor decisión. El espacio español está siendo ahora más público que nunca, no mediante su ocupación, sino mediante su utilización para dar salida a unas aspiraciones que de otra forma no la tenían.
Ahora sí, la calle ha servido como plataforma democrática. Ha acogido las protestas y además les ha dado eco. No se me ocurre un lugar mejor para comenzar el movimiento. Desde la política se está intentando trasladar el problema hacia las acampadas, pero no olvidemos que éstas no son sino la consecuencia de muchos otros problemas que nos han traído hasta aquí. No convirtamos a la víctima en verdugo.
Y ahora ha llegado el momento de avanzar. Tras los primeros capítulos, tras la fundación de su Macondo particular, al espíritu del 15 M le aguarda el núcleo de su historia, una evolución que transforme el grito inicial en un camino con dirección. Que esto no se quede en una anécdota. Que no nos acostumbremos y terminemos viendo las protestas como quien oye llover. Que el movimiento no se contamine. Estos son ahora los objetivos que deben empujarnos.
Por el momento, y no es poco, podemos presumir de haber despertado, de habernos unido como pocas veces lo hemos hecho y de habernos desligado de la fila de países con sociedades apáticas ante los abusos de sus dirigentes y la manipulación informativa.
Los 19 detenidos tras las primeras manifestaciones fueron acusados de “alteración del orden público”. También podemos presumir de ello, porque si la realidad política y social que se vive en España es ordenada, preferimos alterarla.
Estamos en plena evolución, en el punto de giro en el que las cosas pueden avanzar o morir definitivamente.
“Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”. Así termina la novela de García Márquez. Luchemos por cambiar nuestro final.
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