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lunes, 21 de noviembre de 2011

Triste pero cierto

Cuando vives fuera de casa, todo son preguntas.

Tienes la sensación de que están pasando infinidad de cosas importantes y no estás ahí para verlas. Te preguntas cómo estará ese amigo que buscaba trabajo. Si las obras de tu calle habrán terminado. Si tu madre habrá cambiado la disposición de los muebles. Entonces vuelves a casa por vacaciones y te das cuenta, aliviado, de que todo sigue siendo como era cuando te fuiste.

Pero esta vez es diferente. Estoy lejos de casa en un momento de cambio en España. O de supuesto cambio. Ayer, los españoles decidieron dar el poder a Mariano Rajoy. Tras la caída en picado del PSOE y Zapatero, los votantes le han castigado con el peor resultado de la historia del partido y ahora confían en que el nuevo presidente logre un cambio radical en la situación económica y social.

Sin embargo, no tengo esa sensación. No tengo la sensación de que me esté perdiendo ningún acontecimiento crucial. De hecho, ni siquiera voté por correo desde Reino Unido. Debería haberlo hecho, porque creo que de esa forma expresas tu apoyo a una democracia participativa. Por otro lado, no quiero participar en un tipo de democracia basada en una ley electoral que favorece a los grandes partidos y, por tanto, al bipartidismo que llevamos arrastrando durante décadas.

No creo que nada haya cambiado en esencia desde anoche. Sí, un nuevo gobierno se avecina. Pero algo me dice que no sólo depende de eso que España supere las adversidades. Ahora debería desear estar en España y respirar el aroma de esperanza que el nuevo gobierno trae consigo.

Pero ni tengo esperanza ni creo que el nuevo gobierno traiga ninguna solución inmediata. Simplemente ahora será otro gabinete el que intentará no enfadar a los mercados y salvarnos del hundimiento por la mínima. Y después será otro. Y después otro. Por mucho que nos quieran hacer creer lo contrario, llevamos sin cambios desde 1975.

Apatía y desilusión. Eso es todo lo que las elecciones generales han significado para mí.

viernes, 18 de noviembre de 2011

¿Esperando una salvación?

Estamos a dos días de las elecciones generales. Días en los que los votantes españoles deberían reflexionar… aunque me temo que nadie va a reflexionar sobre nada. El resultado está cantado, no hay cabida para las sorpresas de última hora.

El gobierno de Zapatero se ha convertido en una especie de bestia negra a la que nadie quiere ni mencionar. Cada frustración, cada reprimenda que los españoles afectados por la crisis lanzan tiene un claro objetivo: Zapatero. La crisis económica le ha derrotado. Es visto como uno de los peores presidentes que ha tenido España desde que se instauró la democracia, y es difícil encontrar a alguien que le apoye incluso en las filas del PSOE.

La caída de los sueldos, el aumento de la tasa de desempleo… todo parece ser consecuencia de las políticas ineficientes del todavía presidente. Puede que no haya tomado las mejores medidas para luchar contra el panorama, pero también ha tenido que enfrentarse a un periodo de incertidumbre y obstáculos extremos.

De todas formas, su popularidad ha caído en picado y ni los españoles ni las instituciones confían en él. Por tanto, un cambio drástico debería ser la mejor solución… ¿no? Si los votantes ya no confían en Zapatero… deberían votar a Rajoy… ¿no?

Esto es, de hecho, lo que va a suceder. El bipartidismo existente en España nos está haciendo menos capaces de considerar otras opciones en lugar de escoger la más fácil. ¿Qué pasa si no nos gusta el gobierno actual? Votamos al partido contrario. Eso es todo. Como si no tuviéramos más opciones. Sólo asumimos que esa es la manera de hacer que los problemas desaparezcan. No podemos hacerles frente de otra forma.

Esa es la democracia española.

Según este pensamiento, Rajoy (el más que probable próximo presidente) acabará con la crisis económica en España. Acabará con los despidos. Acabará con la deuda. Acabará con todos nuestros problemas. De la noche a la mañana.

Porque así es como se supone que funciona la democracia…¿no?